Relato XV – El Final

Aprovechó que ella estaba absorta fotografiando el skyline desde aquella terraza, apartada del mundo real, bañada por brisas confusas, para pensar al mirarla sin que se diera cuenta si el amor es una tormenta que te cala los huesos, te aturde y te ciega, te azota con vientos que vuelan en círculos, capaz de una belleza incomparable y, en la misma medida, de un dolor indecible.

Pero no. No hay tormenta que 20 años dure.

Hay historias cuyo momento de finalizar no conoce ni quien las escribe, en las que la protagonista acabó su papel hace muchos capítulos pero el autor sigue escribiendo para sí mismo en un acto de ingenua cobardía.

Y al bajar de aquella azotea, bajar y enterrarlo en el sótano, quemarlo y dejar las cenizas a merced del viento, escribió su final.

Otra historia, por fin, empieza.

Relato XIV – La canción

No para de preguntarse cómo se titula. Compás suave, melodía dulce, letra melancólica, no es la primera vez que escucha la pieza. No puede recordar cuándo fue la última vez. Quizás sentado en la barra de un bar de grandes ventanales, atravesado por la oscuridad proveniente del exterior, desde donde voyeurs pasajeros absorben parte de su copa, y la vomitan al instante. Allí se lamentaba de su cobardía y apuraba los últimos instantes de una copa que haría rebosar su consciencia amarga, dañina.

Quizás la oyó sonar en aquel coche aparcado a la puerta de casa, que tan violentamente cerró aquella noche. Aun lloviendo entre fogonazos de clarividencia y estruendo de tiempos nuevos, tuvo la certeza de que somos un cúmulo de cicatrices que ningún maquillaje puede ocultar.

O posiblemente en ese breve momento en que miró al cielo oleoso de un crepúsculo frío, solitario y alejado de toda injerencia externa, y habló con alguien, o algo, que le hizo entender cómo funciona todo, para acto seguido no entender nada en absoluto. Esa fue una soledad pura, plena, no la que el día a día le brinda ataviado de una mampara imaginaria, una cotidianidad en la que centímetros se convierten en kilómetros, un roce en la piel es un punzón y una mirada dice menos que nada o más que lo deseable.

Las notas, como un psicotrópico, van lentamente modificando su percepción de la realidad, le convierten en algo que no es, en una proyección de sí mismo que no reconoce, un trance ineludible, de colores intensos con vida propia, que se mueven lentamente. Poco a poco deja que aquello le invada, no lucha, abandona la batalla, deja caer la muralla aún con el temor de que la ciudad caiga en el peor de los saqueos, temor que se torna certeza cuando siente una punzada en el estómago y una imagen del pasado, nítida, se presenta en su mente.

Un rostro difuminado, cuya melena se mueve con un viento que arrastraba las preocupaciones, y que pronto rescata de su memoria tirando de una cuerda que al otro lado sujeta un plomo de varias toneladas. Un conjunto de tonos apagados al fondo, y que poco a poco va engullendo el rostro, empequeñeciéndolo y alejándolo, hasta convertirse en un minúsculo punto. Para entonces la música ya le ha cambiado. Otra vez. Thunder Road, eso es.

Camino a El Olvido

– Por favor, ¿para llegar a El Olvido?
– Sí. Cuando llegue a Dolor, y pase Resignación, debe girar hacia Despecho. Después tome la circunvalación de Odio y así, tras muchos kilómetros, llegará a Indiferencia. No se confunda yendo hacia Melancolía porque estaría girando en círculo.
Debe viajar durante varios días, semanas, años, y así llegará a El Olvido.
– Muchas gracias, señor…
– Puede llamarme amigo, ¿quiere que le acompañe?
– Sería un placer…