A escondidas y sintiéndose liberado, el escritor le dice a su mujer, la cual no sabe nada de su actividad literaria, que va a terminar unos asuntos del trabajo que utiliza de tapadera. Para su familia es ingeniero informático en alguna compañía del norte de Europa donde hablan raro y se reúnen por Teams de vez en cuando. Le ven en su mesa donde tiene el ordenador en cuya pantalla, a veces, aparecen caras de empleados nórdicos serios, pero muy normales, a los que habla en inglés, claro (en otro idioma habría sido muy cantoso).

Cuenta con un seudónimo tipo JohnGalt o algo así, y un blog de WordPress del que nadie de su círculo cercano tiene conocimiento, donde vomita igual que hace un borracho cuando sale de la discoteca donde pinchan música machacona, por la puerta de atrás, y dando traspiés mientras piensa qué va a decir cuando vuelva a entrar.

Se ha planteado innumerables veces las razones por las que quiere disociar absolutamente su faceta escritora de su faceta visible en la vida ordinaria. Pero son tantas y tan volubles todas ellas, que esa inconstancia hace que realmente no tenga ninguna razón clara para hacerlo. Lo hace porque sí. Quizás no quiera ser juzgado por personas a las que adora porque considera que nunca pueden dar una valoración objetiva al ser jueces y parte. Parte porque no quieren desilusionar al autor, cosa que, probablemente, repercutiría a su vez sobre su ánimo.

También hay algo de inseguridad, obviamente, ¿o no siente inseguridad el infiel que ha llevado una doble vida durante años? De ser descubierto tendrá que dar muchas explicaciones que no le apetece dar y eso levantará más sospechas.

Luego está el tema de lo absurdo que hay en su día a día, en el de todos, piensa. Escribir en un universo sin audiencia es su piedra de Sísifo, una condena que debe cumplir por no encontrar un sentido a la vida mientras pretende renegar de lo categórico de la muerte, una meta sin intenciones ni legados que reviertan sobre uno mismo, uno que ya no existirá. Es consciente de esto y escribe con fruición pero sin finalidad ni leitmotiv, y por eso lo hace en una realidad paralela a la de su yo primario que todo el mundo considera poco introspectivo, superficial y rutinario. Se sienta sobre una silla de oficina comprada por su empresa para poder trabajar cómodamente en remoto (claro, el COVID ha cambiado muchas cosas), y como colándose por un agujero de gusano de repente todo a su alrededor es extraño y sugerente, como estar dentro de un cuadro de Monet en su última época. ¿Música de jazz? No sabe de qué lista de Spotify del demonio ha salido esa sucesión de notas agradables hasta que una ácida rompe la armonía que su cuerpo pedía conservar. Pero como el wasabi, es lo que le aporta su gracia, ¿no? Dulce, dulce, dulce, picante. Dulce, dulce dulce, picante… La intensidad de uno significa la del otro.

Volvamos a la cuestión de la condición clandestina de nuestro escritor. No es muy ambicioso ni vanidoso en cuanto al resultado de sus obras, pero imagina mucho una escena un tanto cómica e insólita. Uno de sus libros, escrito en horario de 19 a 20h de lunes a viernes —»amor, no puedo acabar antes porque tengo un cliente en Argentina al que sólo puedo atender a estas horas»— resulta ser un bestseller y acaba siendo noticia en todos los magazines sobre lectura. Hasta es expuesto en los escaparates de las librerías. La situación que más gracia le hace es cuando algún familiar comenta sobre él en alguna reunión a la que de entrada le daba una pereza inmensa asistir y él asegura que lo ha leído y le parece una auténtica mierda. «Quién será el imbécil ese de Escanfren Franders de Lucas —en este momento no se le ocurre el pseudónimo que utilizará en ese caso— que escribe semejantes ladrillos y parece más un bloguero al que nadie hace ni puto caso que un escritor con talento». Espera que llegado el caso le den la razón.

La realidad es que sabe que vivirá anónimo y morirá anónimo, pero al menos invirtió un rato en ser consciente de que lo que hacía carecía de sentido, y ser consciente de algo ya es mucho. Que se lo pregunten a Albert Camus.

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