Marco estaba en estado vegetativo. No podía mover un sólo músculo por propia voluntad. No hablaba, ni siquiera emitía ruidos, no se comunicaba de ninguna manera, tampoco por señas. Sin embargo, olía, sentía al tacto o al dolor, sus funciones reflejas era lo único que lo diferenciaban, aparentemente, de un vegetal: el latido del corazón, el pestañeo de sus ojos, incluso la respiración, aunque con dificultad y, por ello, se ayudaba de un respirador mecánico las veinticuatro horas del día. También podía oír y ver, pensar y razonar, aunque de eso nadie, excepto él, estaba seguro. Todos deducían, al verle en ese estado, que él seguramente se había ido, que no era consciente de nada. Pero, en realidad, conservaba su intelecto de manera íntegra. Era como estar encerrado en una urna en la que nadie puede ver que estás dentro, pero tú puedes ver y escuchar todo lo que ocurre fuera. No recordaba nada de lo que había pasado antes de estar así. Un día despertó sin poder hacer nada, sin recuerdos claros anteriores a aquel momento.

Tenía 30 años y llevaba ya más de 5 años en aquella situación y, aunque los primeros meses fueron un deseo constante de desaparecer, y tuvo que ver -escuchar- cómo su novia -la que decía serlo- le dejaba sin muchos miramientos, soportar un sinfín de comentarios hirientes sobre su condición por parte de familiares, que sólo le sonaban, sobre lo costoso de mantener su estancia en el hospital con todo aquel equipo de aparatos y atenciones, o lo difícil de estar pendiente de él porque «uno también tiene una familia que atender», dadas las circunstancias, ahora estaba en un momento tranquilo de aquel trámite que, esperaba, algún día, más pronto que tarde, se resolviera para bien o para mal.

Todas las semanas recibía la visita de Pierre, un terapeuta que intentaba estimular sus sentidos de las maneras más diversas: música, partidos de fútbol, escribir con su «ayuda» en su agenda relatos de todo tipo, pero sobre todo policiacos y que después le leía, incluso pintaba cuadros junto a él. No había conseguido grandes avances, o eso pensaban, tampoco de esto estaban seguros. Pierre era terapeuta hacía no muchos años, y estaba especializado en casos como el de Marco, pero intuía bastante acertadamente cuándo su paciente estaba recibiendo aquellos estímulos y procesándolos en mayor o menor medida. Los llamaba «los silentes». Nunca le había sucedido, sin embargo, que uno de sus pacientes «despertara» de aquel estado, pero no perdía la esperanza. Sabía que su trabajo no estaba específicamente orientado a que la persona saliera de su mundo desconectado, o conectado, en algunos casos, por un finísimo hilo comunicado en un sólo sentido. La mente de Marco esperaba la visita de Pierre con entusiasmo, era el momento de la semana o de aquel período incierto entre que Pierre se iba y volvía, en que más felicidad sentía. También era cierto que su idea de felicidad se encontraba ya muy difuminada y sólo algunas de las técnicas mentales que ideó podían mantenerle aún el recuerdo de conceptos abstractos como el amor, la amistad, la felicidad, el odio, el placer…

Encontró una manera, un sistema, para mantenerse ocioso y evitar desligarse del mundo al que realmente pertenecía, que consistía en crear y memorizar capítulos de una novela que jamás llegaría a escribirse, lógicamente. Intentaba dar vida a los personajes en su cabeza, dibujar los más pequeños detalles de la historia y los escenarios, hilar las tramas sin trabarse demasiado, aunque volviendo muchas veces al mismo pasaje de manera inevitable para mejorarlo o revisarlo. De momento había terminado y grabado en su mente tres novelas completas que, imaginaba, tendrían entre trescientas y quinientas páginas cada una.

También inventaba relatos que, a veces, después insertaba en sus novelas. Llegó a idear historias sobre cada historia, como si fueran distintas capas de realidad, donde en la más externa él era un editor que publicaba la novela que un escritor impedido íntimo amigo suyo había escrito desde el hospital. Este editor tenía familia, conflictos, inquietudes, de manera similar a una persona con una vida normal, y un amigo conflictivo y que le arrastraba a situaciones complicadas, llamado Pierre. Su mente era un escenario por donde pasaban comedias, thrillers, historias de amor y odio…

Perfeccionó de manera extraordinaria la vivencia de aquellas narraciones llegando a percibir su ritmo temporal al mismo ritmo que se daría en la realidad que él ya no podía disfrutar. Practicó e interiorizó tanto las sensaciones reproducidas en sus ficciones que algunos instantes tuvo la sensación de estar viviendo una nueva vida en una nueva realidad.

— ¿Por qué te llamaron Pierre en vez de Pedro?
— Porque mi abuelo había muerto hacía 5 meses y se llamaba Pierre, la familia de mi madre es de ascendencia francesa.
— ¿Crees que va salir bien este trabajo? Noto tensión en el vagón.
— Eso es sensación tuya, Marco, estás sugestionado porque eres un cagao.
— Tienes que entenderlo, Pedro, es mi primera vez. Sabes que necesito el dinero, si no no me habría metido en esto.
— Si me vuelves a llamar Pedro también será la última, mascachapas —le contestó Pierre por debajo de la gorra sin mirarle a la cara desde el asiento en frente de él, mientras hacía acrobacias con un mechero metálico entre los dedos—. Aún nos quedan un par de horas de viaje hasta Budapest, y luego otra más hasta Visegrád. Intenta quitarte esa cara de españolito que esconde algo, lee un libro y relájate con el traqueteo del tren.

Cada vez que se abría la puerta que comunicaba los vagones contiguos Marco palidecía, esperando que fuera la policía buscando traficantes. Se encontraba en una alerta constante.

— ¿Sabes, Marquito? He hecho esta ruta como cincuenta veces, y en todas y cada una de ellas me he aburrido de lo poco que ha pasado. Empecé a hacerla poco después de que cayera el comunismo en el 89, hará como quince años. Por entonces las líneas eran mucho menos seguras, aún quedaban vestigios de la brutalidad policial comunista, y te jugabas una buena si te pillaban. No digo que ahora no la haya, por supuesto, pero entonces tenían carta blanca para hacer contigo lo que quisieran sin riesgo de ser expedientados. Tengo el culo pelao, conmigo puedes estar tranquilo.

Marco miraba a Pierre con cierta preocupación pero también con algo de admiración. Sabía que no era sólo porque lo hubiera hecho muchas veces, sino también porque era más valiente y desahogado que él.

El tren entró en la estación de Nyugati en Budapest, donde tendrían que hacer trasbordo a otra línea de tren, así que se bajaron con sus bolsas de apariencia común, algo al estilo de los mochileros del Interrail. Los techos altos de la estación y los ecos de las locomotoras eléctricas y diésel resoplando en sus andenes atronando a los viajeros, hacían más inaudible aún la voz en húngaro que salía por la megafonía de la estación. Incluso sin el ruido de las locomotoras no habrían entendido nada de lo que decía.

A lo lejos vieron que había un par de policías apostados en el andén, sin parar a los viajeros, pero observándolo todo mientras la gente pasaba entre ellos. Tenían que atravesar obligatoriamente la barrera imaginaria que formaban los agentes para cambiar de andén. Aquello a Marco le puso muy nervioso y el blanco níveo volvió a su rostro sin atisbo de poder ser controlado. «Tranquilízate, joder, que parece que tengas cagalera», le decía Pierre con la boca de lado, aportando algo más de aspecto sospechoso a la pareja.

Llegaron a la altura de los policías, que intentaban encontrar algo que se saliera de lo común pero había tal flujo de personas que les era imposible escudriñar a todas. Marco iba mirando por el rabillo del ojo que uno de los guardias le había mirado sin posar los ojos en él más de medio segundo, así que siguió andando como si nada. Justo cuando volvió a poner la mirada al frente, escuchó que el otro agente decía algo en húngaro que sonaba a requerimiento. A continuación escuchó un «¿Yo? ¿Qué quiere de mí?» en un perfecto español, lo que le llevó instintivamente a darse la vuelta y quedarse paralizado al ver que le habían dado el alto a Pierre. Por si la ironía de que fuera Pierre «el experto» el que al final la había cagado no fuera suficiente, el guardia que le había mirado a él pasar antes, vio cómo Marco se había dado la vuelta con cara de terror y sorpresa y le llamó también a él. Si hubiera seguido sin inmutarse, nadie habría reparado en él. Marco se intentó hacer el tonto dándose la vuelta de nuevo y reanudando el paso, pero la voz intensa y firme del guardia le hizo parar. Su cabeza era una olla exprés, no sabía si debía darse la vuelta y quedar a expensas de un cacheo, una revisión del equipaje, un interrogatorio que podría incluir algún tipo de violencia, unas noches en el calabozo con a saber qué gentuza, una pena de cárcel y el resto de su vida en una prisión asquerosa y decadente de Hungría. La mente es un pozo insondable, pensaba. Sabía que la reacción que iba a tener lugar en él no la había elaborado más que durante unas décimas, quizás centésimas, de segundo. Soltando la bolsa y sin girar la cabeza arrancó a correr alejándose de los guardias como jamás lo había hecho, casi podía sentir la adrenalina siendo segregada por sus glándulas suprarrenales y provocando una reacción de estrés en sus músculos que le aportaba casi súper poderes. Él no lo oía, pero los gritos de los guardias y el silbato de uno de ellos llegaron a todos los viajeros que, como un banco de peces en el que se interna un tiburón, comenzaron a apartarse al paso de Marco de manera sincronizada. Al final del andén apareció otra pareja de policías, empuñando un arma de fuego cada uno que apuntaba hacia él. Frenó en seco, analizando rápidamente sus opciones, que no eran muchas. Miró hacia los lados y se dio cuenta de que podía escapar por debajo del tren estacionado en el andén, metiéndose en el hueco que había entre los vagones. Hacia allí fue y se introdujo sentándose en el andén y arrastrándose bajo el tren, no sin esfuerzo, porque el hueco no era muy ancho. Ahora sí podía escuchar cómo gritaban los policías y aquellos gritos retumbaban en toda la estación llegando amplificados a sus oídos. A duras penas pudo pasar por debajo del vagón, y asomando la cabeza al otro lado pudo ponerse de pie teniendo el tiempo suficiente para darse la vuelta y advertir que, probablemente, eran los últimos segundos de su vida al ver cómo una locomotora, que venía por la vía contigua a la del tren debajo del cual había salido, se precipitaba contra él a una velocidad suficiente para despedazarle por completo. Escuchó el eco de una bocina dejándole sordo y, después, negrura.

— Vaya, Jero, este me ha gustado, quizás podamos incorporarlo al libro de relatos para completarlo un poco. Ya sabes que vamos tarde con los compromisos que teníamos con la editorial.
— Lo sé, Marco, pero sabes que he tenido una crisis creativa que me hace ser mucho más lento de lo habitual. Es posible que pueda escribir un par más antes de que puedas revisarlo todo para pasar a la imprenta.
— Más te vale o la próxima pasarán de ti. Sabes que tienen a cientos de escritores esperando para publicar con ellos. Además, te seré sincero, necesito que me pagues los meses que me debes, estoy pasando una crisis financiera y ando un poco desesperado.

Nota mental: fin del capítulo VI.

Los meses pasaban y últimamente se estaba cansando también de crear historias. Muchos días pensaba en cómo podría comunicarse de alguna manera para poder expresar su deseo de acabar con todo, descansar.

— Bueno, hemos acabado por hoy, Marco —la voz de Pierre sonaba más grave que de costumbre, más seria.

Notaba cómo estaba allí mirándole desde su silla sentado al lado de la cama, sin decir nada, como meditando sobre algo. Finalmente, empezó a mover los labios.

— Nunca quiero hablar del pasado, porque ni siquiera sé si recuerdas. ¡Qué diablos, ni siquiera sé si me escuchas! Últimamente me cuesta hasta dormir, la culpa me corroe por dentro. Sé que no tiene sentido porque no se puede volver atrás, lo que ha pasado ya no tiene arreglo. Pero debí ser yo quien cayó delante de aquel tren.

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