Relativo

Odio la relatividad de la distancia
Del no tenerte aún estando al lado
Del ver que me miras pero no te fijas
Del tender la mano pero no tocarte
Del amarte sin acusarte
Del amarte sin reclamarte

De tu dulce ignorancia de mi condición
Del fuego bajo el hierro retado a fundirse
Con el que forjar un estoque
Con el que defender tus luchas
O forzarme sin ti a abandonarlas
Forzarme sin ti a retirarme

Odio la inutilidad de este manifiesto
Mi conformismo con este elaborado pretexto
Mi incapacidad de resolver mi lamento
Que a tus ojos es breve y trémulo
Y tu silencio aviva y agrava
Pero en tu dicha consigue aliviarme

Odio no poder odiarte
Para acabar con el sinsentido
De lo relativo que es amarte
Sin tenerte
Sin mirarte
Sin saberme


Relato XIV – La canción

No para de preguntarse cómo se titula. Compás suave, melodía dulce, letra melancólica, no es la primera vez que escucha la pieza. No puede recordar cuándo fue la última vez. Quizás sentado en la barra de un bar de grandes ventanales, atravesado por la oscuridad proveniente del exterior, desde donde voyeurs pasajeros absorben parte de su copa, y la vomitan al instante. Allí se lamentaba de su cobardía y apuraba los últimos instantes de una copa que haría rebosar su consciencia amarga, dañina.

Quizás la oyó sonar en aquel coche aparcado a la puerta de casa, que tan violentamente cerró aquella noche. Aun lloviendo entre fogonazos de clarividencia y estruendo de tiempos nuevos, tuvo la certeza de que somos un cúmulo de cicatrices que ningún maquillaje puede ocultar.

O posiblemente en ese breve momento en que miró al cielo oleoso de un crepúsculo frío, solitario y alejado de toda injerencia externa, y habló con alguien, o algo, que le hizo entender cómo funciona todo, para acto seguido no entender nada en absoluto. Esa fue una soledad pura, plena, no la que el día a día le brinda ataviado de una mampara imaginaria, una cotidianidad en la que centímetros se convierten en kilómetros, un roce en la piel es un punzón y una mirada dice menos que nada o más que lo deseable.

Las notas, como un psicotrópico, van lentamente modificando su percepción de la realidad, le convierten en algo que no es, en una proyección de sí mismo que no reconoce, un trance ineludible, de colores intensos con vida propia, que se mueven lentamente. Poco a poco deja que aquello le invada, no lucha, abandona la batalla, deja caer la muralla aún con el temor de que la ciudad caiga en el peor de los saqueos, temor que se torna certeza cuando siente una punzada en el estómago y una imagen del pasado, nítida, se presenta en su mente.

Un rostro difuminado, cuya melena se mueve con un viento que arrastraba las preocupaciones, y que pronto rescata de su memoria tirando de una cuerda que al otro lado sujeta un plomo de varias toneladas. Un conjunto de tonos apagados al fondo, y que poco a poco va engullendo el rostro, empequeñeciéndolo y alejándolo, hasta convertirse en un minúsculo punto. Para entonces la música ya le ha cambiado. Otra vez. Thunder Road, eso es.

La resignación es un suicidio cotidiano (Honoré de Balzac)

Dijo Honoré de Balzac, escritor francés del s.XIX, que la resignación es un suicidio cotidiano.

Posiblemente, Honoré no disponía de mucho papel o tinta en aquel momento y por ello dijo tanto en tan pocas letras. O quizás valorara la fuerza de un mensaje breve pero con mucho contenido. ¿Qué quiso decir exactamente? Esta es mi opinión.

Le podemos dar un sentido más amplio, como «resignarse a vivir», amargarse la existencia y también uno más concreto, «resignarse ante dificultades concretas». Basemos, si les parece, el trasfondo de la frase, en el hecho de que la probabilidad de que algo que perseguimos, anhelamos o soñamos, se logre en un primer intento, suele ser muy baja, eligiendo, por tanto, el segundo sentido. Esto nos da dos posibilidades:

– aprender de lo que nos hizo fracasar e intentarlo de nuevo, corriendo el riesgo de experimentar nuevos fracasos sufriendo así notables menguas en la paciencia, el tesón y la capacidad para afrontarlo de nuevo. En este caso la sensación que padecemos es la de inseguridad, pero como contrapartida es posible que recibamos el premio que nos esperaba al final del trayecto. Hemos de comprender que, normalmente, haciendo lo mismo se consiguen los mismos resultados. Para el mismo sistema, cuando las variables obtienen el mismo valor, el resultado es invariable. De manera que algún ligero retoque de nuestro plan se hace indispensable. No del objetivo, sino del modo a utilizar para alcanzarlo.

– tirar la toalla y abandonar la conquista de aquello que perseguíamos. En esta opción, encontraremos seguridad, tranquilidad, sosiego, ausencia de riesgo. Abandonamos toda posibilidad de alcanzar la meta que nos habíamos propuesto, dejando de ser un poco más nosotros mismos, nos hacemos un poco más opacos y vacíos.  John Lennon dijo «la vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo otros planes», que en esta reflexión encaja en la medida en que la vida está hecha de sueños, de planes. Una vez los sueños y los proyectos desaparecen, la vida como algo que nos llena también desaparece, se convierte en una vulgar espera del final. Un suicidio cotidiano.

Así, pues, tengamos muy presente a Honoré a la hora de evitar un suicidio cotidiano, sacando partido al hecho de haber nacido, que puede ser hacer algo tan complejo como conseguir la fusión fría, o tan simple, como estar rodeados de la gente que amamos y por la que luchar, dejarnos mojar por la lluvia o disfrutar de la sencillez de una conversación imprevista. Ya que estamos aquí, saquémosle todo el jugo al fruto.

Hace tiempo, esta idea me inspiró este poema, que quizás habla del sentido más amplio de la palabra «resignación»:

Nadie preguntó, no se me pidió opinión
De por qué debía yo saltar a la arena a luchar
De si sabría hallar razón para afrontar lo real
O sobre si lo que tengo es en verdad corazón
O más bien soy empujado
Por el soplo de la resignación

Mas no soy de los que viajan a lomos del tiempo
Pero sí de los que lo remolcan
De las aguas que no ven subir la pala al molino
De los que viven sin memoria
Tan sólo la que necesito
Para inventar mientras corro 
Delante del viento
Y para guardar tu fotografía
En la que me miras sonriendo

 

A la deriva

Barco-a-la-Deriva

La deriva que lleva tu boca hacia la mía, la provoca el suspiro de alguna decisión pasada.
En un momento fue rumbo, alcanzable, posible, mientras que parecía remota, inasumible y, sobre todo, irracional y desconocida.
Una separación entre dos deseos mancos y asimétricos, fue otrora la proyección de un abrazo, de una perfecta simetría. Aun lejana.
He ahí el drama del estado natural de las cosas, pues tiende al desorden, rehuye el equilibrio, requiere de energías irreales para no abocarse al caos, a ese lugar bajo el mar donde vive quien no lucha.

Y mis energías se vieron menguadas por el tiempo y la duda, por la tormenta, el vaivén de las olas que luchaban por mantenerme lejos, mientras tu faro desde tierra me enviaba señales confusas. Apenas pude permanecer a flote.

Aprendí que se deben evitar los rumbos marcados por faros de tierras inciertas, ya que, en el mejor de los casos agotarás tus fuerzas en llegar y no las tendrás para volver. En el peor de los casos darás con tus huesos en las rocas merced de la fuerza de tu llamada.

Aprendí que la inmensidad de tus dominios, que bien conoces y mal me orientan, albergan todos los actores que uno pueda imaginar. En uno fui ballena. En otro gaviota. En otro delfín. Y como el mar no es lugar para un lobo como el que en tierra me acompañaba, allí murió ahogado.

El sol salió, y el sol se puso. Tardes de apacible calma, que reflejaba el cielo y se perdía en el horizonte. Otro mar. Otro océano.

No busques en mí iniciar fuegos

No busques en mí iniciar fuegos.

Soy más de mantener la llama,
de cuidar que no se apague,
de bajar manzanas del árbol,
de desenredar nudos,
de colmar el vaso,
de acercar la línea de meta,
de reparar el espejo rayado,
la pintura del banco,
el cerrojo de tu pecho.

Y vengo cuando me llamas,
sin saberlo haces que llegue,
andando por algún atajo,
de caminos mudos,
de sentires calmados,
que en tus ojos me alientan,
a mostrar el rincón de tu patio,
que hace tu mundo más ancho,
y la llave eres tú, que lees esto.

Carta al ausente

Es extraño, pero te extraño. Allá donde estés. No puedo vivirte, ni sentirte, ni a los ojos mirarte. Pero te extraño. Cuanto más cerca te creí más supe que el dolor por la ausencia se convertiría en dolor por rechazo, y por tu ausencia entiendo, pues, el menor de los dolores. Así que te extraño.

Y, bueno, está bien. A medias. No. No está bien. Pero este mundo tiene la extraña costumbre de llevarte por senderos donde el final no es el que buscabas. Te muestra señales que a otros viajeros sí sirven, pero a ti te confunden y te hace creer que era el camino. Te hace olvidar que esto que lees será la última vez que lo leas por primera vez, que el día de mañana será hoy y cuando sea ayer no volverá. Si el tiempo, que inventamos para creer que la vida tiene un principio y un final, fuera un poco más despacio, ¿aún tendría tiempo? ¿Ni siquiera con cinco, seis o siete vidas ahuyentando esta ausencia, tendría tiempo? Y entonces, al final del camino seguiré diciéndolo. Te extraño.

No me queda más que escribir, hablarle al papel como lo haría contigo, porque en este soliloquio nunca sabrás que el papel eras tú, y no un paño de penas, de último recurso, de analgesia absurda, de placebo a sabiendas.

Llego a tu muro de cristal impoluto, a veces veo una grieta por el que respirar tu calor, pero pronto sabré que este muro es una fina línea entre el agua y el aceite, es a prueba de ataques, de palabra y adorno y me aparta al frío lado en el que no estás.

Pero,  ¿quién es más loco? ¿El que muere liberando un corazón enjaulado, o el que se levanta un muro a sí mismo para defenderlo?

Y sea lo que fuere, te extraño, pero tu ausencia ya no es extraña.

 

Heartsore

Let your heart emerge for what you believe
Let your mind be blown and never grieve
Let your eyes stare at the rising sun
Let’em stare, stare until they go blind

Don’t ban yourself from happiness
Don’t beg anyone, it’s your business
It starts inside your soul
Use a mirror, tell yourself to grow

So don’t keep silence and shout
Never retain the words, let’em out
Don’t hide in the trench anymore
The bullets will whistle, heartsore

Un punto en el cielo

Hay un punto en el cielo
donde cruzan nuestras miradas
En el que el dulce momento
no acaba nunca en la nada

Mas no siempre el cielo está libre
de nubes que impiden el encuentro
Esperaremos pacientemente
el problema nunca fue el tiempo

Quizás un jilguero lo presencie
y su bello cantar nos acompañe
O un arco de siete colores
Que luz y agua nos regalen

Allí te emplazo, allí te quiero,
avísame cuando llegues
aunque puede que allí me encuentres
allí por ti, creando el recuerdo