Aprovechó que ella estaba absorta fotografiando el skyline desde aquella terraza, apartada del mundo real, bañada por brisas confusas, para pensar al mirarla sin que se diera cuenta si el amor es una tormenta que te cala los huesos, te aturde y te ciega, te azota con vientos que vuelan en círculos, capaz de una belleza incomparable y, en la misma medida, de un dolor indecible.

Pero no. No hay tormenta que 20 años dure.

Hay historias cuyo momento de finalizar no conoce ni quien las escribe, en las que la protagonista acabó su papel hace muchos capítulos pero el autor sigue escribiendo para sí mismo en un acto de ingenua cobardía.

Y al bajar de aquella azotea, bajar y enterrarlo en el sótano, quemarlo y dejar las cenizas a merced del viento, escribió su final.

Otra historia, por fin, empieza.

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