Relato XV – El Final

Aprovechó que ella estaba absorta fotografiando el skyline desde aquella terraza, apartada del mundo real, bañada por brisas confusas, para pensar al mirarla sin que se diera cuenta si el amor es una tormenta que te cala los huesos, te aturde y te ciega, te azota con vientos que vuelan en círculos, capaz de una belleza incomparable y, en la misma medida, de un dolor indecible.

Pero no. No hay tormenta que 20 años dure.

Hay historias cuyo momento de finalizar no conoce ni quien las escribe, en las que la protagonista acabó su papel hace muchos capítulos pero el autor sigue escribiendo para sí mismo en un acto de ingenua cobardía.

Y al bajar de aquella azotea, bajar y enterrarlo en el sótano, quemarlo y dejar las cenizas a merced del viento, escribió su final.

Otra historia, por fin, empieza.

Soledad

«Literature is essentially loneliness. It is written in solitude, it is read in solitude and, in spite of everything, the act of reading allows a communication between two human beings.»

Paul Auster.

Paul Auster es uno de mis escritores contemporáneos favoritos. He intentado leerle siempre en inglés, para evitar el efecto «lost in translation», aunque ya sabemos que en España no es sencillo encontrar libros en inglés en las tiendas, que es cuando más ganas tengo de comprar libros. En casa no tengo ese impulso de compra.

La frase que menciono al inicio es parte de lo que siento al escribir, aunque Auster habla específicamente de literatura. Dice que «la literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, a pesar de todo, el acto de leer propicia una comunicación entre dos seres humanos». Va más allá de la obvia y necesaria soledad que experimenta alguien que escribe algo que no sea una misiva, dedicatoria, etc. Un texto dirigido abiertamente a un público indeterminado se escribe en estricta soledad.

No puede ser coincidencia que en la obra que he podido leer de Auster se respire ese aire de aislamiento voluntario al que se refiere en cada giro del argumento. Incluso tiene un libro titulado «La Invención de la Soledad» (1982) que habla sobre su retiro para meditar sobre la muerte de su padre. Sus personajes nacen de la soledad y su destino es la separación, el desamparo. Si hay una sensación vívida que experimento leyendo sus libros es la de melancolía que es, probablemente, lo que el escritor de Newark pretende transmitir.

Revisando mi blog se puede comprobar que he tenido épocas de mayor actividad y otras de nada en absoluto, incluso durante años. No es que, por capricho o azar, cualquier día sin más me siento a escribir. Es un proceso mucho más complejo del que, ciertamente, no soy consciente del todo, pero sí tengo ciertas pinceladas de qué es lo que estimula la inspiración necesaria para, al menos, tener ganas de escribir.

En mi caso, he detectado que la situación ideal que me empuja a escribir son los sentimientos intensos, cuando algo interrumpe la rutina de manera violenta, un golpe, un giro inesperado sobre algo importante, algo más o menos traumático pero eso sí, intenso. Por suerte o por desdicha, mi profesión no es la de escritor. No sé cómo podría encontrar facilidad de escritura con un contrato de por medio, un tiempo límite de entrega, con un contenido que, además, debería ser atractivo, interesante y ameno independientemente de cómo me sienta. Más para un estilo literario del tipo de la narrativa.

¿Es el escritor profesional una persona que vive permanentemente en la intensidad de sentimientos que le permita elaborar una obra decente? Suena a que es difícil. En mi opinión en ese momento es cuando entra en juego el talento y, aún así, estoy de acuerdo con don Arturo Pérez-Reverte que hace poco escribía en Twitter:

Una historia no se puede fabricar utilizando determinadas técnicas por muy preparado te consideres estar, no es resolver un problema matemático o demostrar una teoría científica. Hace falta el ingrediente indispensable de la inspiración cuya existencia, a mi juicio, no es algo que esté en la mano de nadie de manera consciente.