Sí, pero no

Que se inunden mis ojos
De amaneceres contigo
O que se ahogue el deseo
En tu mar de cordura y castigo

Que se colmen mis manos
De trazos en tu piel
O me lleven al infierno
Asidas de tu desdén

Que me llame tu tenue voz
Soplando suave en mi oído
O maldiga el fuego encendido
Por el frágil calor de tu cuerpo y el mío

Que me arrastre tu riada
De palabra, ilusión y poesía
O me diga sin adorno o mentira
Que estaré solo cuando se haga el día

Llévame en vuelo alto o a ras de suelo
Pero te ruego
No me encarceles, no me hagas esclavo
Del vaivén del engaño o algún juego malvado

Principio. Final.

Cómo nos cuesta aceptar lo finito de todo lo que nos rodea. El carácter temporal de las cosas provoca los cambios, y los cambios significan vida.
Pero también existe, al menos en mi ideario, el concepto «eterno», a través de nuestra huella en las cosas, en nuestro paso por aquello que cambia, la vida. No una huella cualquiera, sino una especial, porque:
Todo lo que empieza
También tiene un final
Lo que haces mientras tanto
Si le pusiste pasión
Eterno será