La jaula de la madurez

Para no variar en mi método de escritura, me siento delante del ordenador sin saber sobre qué voy a hablar. El título lo añado al terminar.
 
En el curro ha surgido una discusión constructiva sobre la evolución de los gustos literarios según se crece, tema apasionante, jeje. Cuando se es joven a todos nos gustan las historias más bien fantásticas, una imaginación inducida por la del autor, que nos haga pensar lo mínimo ya que la historia entretiene y además no tiene nada de parecido con las reales, las cuales vemos lejos, no pertenencen a nuestra vida: "El Señor de los Anillos", "La Historia Interminable", "Harry Potter"…
 
Pero llega un momento en que el coco te pide movimiento, y es cuando las historias más reales, crudas, filosóficas, sociohistóricas, entran en escena: "Los Pilares de la Tierra", "Ensayo sobre la ceguera", "1984"…
 
Por supuesto, hay de todo, pero no creo equivocarme en líneas generales.
 
Mi imaginación está considerablemente mermada en comparación con la de los 11 ó 12 años, y me pregunto qué triste razón ocasiona semejante pérdida, en parte irrecuperable, de algo que está en la esencia de la vida de todos: la capacidad de crear una dimensión en la que nada es como es, en la que nunca hay preocupaciones más allá de las que crean emoción en la historia y siempre tenemos algo por lo que estar contentos o luchar.
 
Ahora me siento delante de una hoja en blanco y la sensación de que sólo vienen temas aburridos a mi cabeza se hace inevitable. Por aburridos quiero decir carentes de imaginación, sí puedo enunciar una perspectiva más o menos interesante sobre cualquier tema de actualidad, pero no más allá, es como sentirse encerrado en la realidad.
 
Llegado tal punto debo explotar los momentos de lucidez que llegan en el instante menos pensado, como esperando a alguien, duchándome o nadando en la piscina. Nunca retengo las historias, por pocas que sean, que se me ocurren en esas situaciones.
 
¿Se puede escapar?